martes, 25 de agosto de 2009
Llevo tomando una ruta de camión desde hace ya varios años. El recorrido me lleva de 25 a 35 minutos. Siempre. De vez en cuando veo las calles por aquella ventana. Reconozco los edificios, los puestos de comida, el parque de la colonia, las 3 escuelas que cruzo, el hospital para ricos, los centros comerciales, las casas sin pintar y demás
Podría cerrar los ojos y hacer un mapa mental de cada uno de esos lugares, e imaginar cómo cada uno de ellos permanece estático cual soldado británico resguardando cada día mi repetitivo camino
La semana pasada salí con unos amigos. Me trajeron a casa. Al no conocer estas calles, les indique el camino. Al cruzar por una taquería me di cuenta que esta ya no existía, la habían quitado después de tantos años de permanecer ahí. Nunca fue a comer ahí, pero esa vez me empezó a dar hambre, irónicamente mi antojo era de tacos, aquellos que no había probado y ahora tendría la certeza de nunca más hacerlo
El camino siguió y la imagen pasada hizo que me quedara observando esas calles que eran parte de mí. Fue extraño. Parecía que ahora me encontraba en un lugar completamente desconocido. Las calles estaba inundadas de nuevos negocios los cuales no recordaba que existan, otros cambiaban de nombre y otros mas de giro. Nuevas casas y hasta un nuevo edificio me obligaban a cambiar mi antigua imagen mental
Al siguiente día fui a una entrevista. Me entregaron un formulario. Decenas de preguntas, todas ellas las sabía. En el último apartado venia referencias, propiamente el nombre, teléfono y tiempo de conocer a esas personas. Mire al techo. Se me vino a la mente un amigo de la infancia, con el cual hablaba sin parar durante horas, las yemas de mis dedos conocían su número, siempre que sentía soledad o tristeza dentro de mí le llamaba. Siempre decía las palabras correctas en el momento correcto. El tiempo ha pasado. Ahora ya no lo recordaba, su número tampoco. Deje aquel espacio en blanco.
Mientras regresaba a casa pensaba que el tiempo es similar a una barredora, arrasa con todo: amigos, familiares, maestros, mascotas, flores. Aquello no se puede cambiar. Hay que aprender a vivir con ello. A este mundo llegamos sin conocer a nadie y al marcharnos nos daremos cuenta que nunca realmente llegamos a conocer a nadie. Hay que aceptarlo. Por mi parte todavía no lo he hecho, prefiero olvidar. Decidí tomar un descanso con agua fría. Al salir del baño me vi al espejo. No me reconocí



